viernes, 31 de enero de 2014

Abraham Abulafia, el Mesías no nació en Belén sino en Zaragoza

Todavía crepitan los rescoldos de los fastos navideños con que la Cristiandad rememora anualmente el nacimiento de Jesús de Nazaret. Según el relato cristiano, el pregonado Mesías de los textos bíblicos fue alumbrado en Belén hace algo más de dos milenios. Sin embargo, hay quien considera que esa tradición, arraigada con vigor por los cinco continentes, no se sustenta sobre una base real. Para algunos, el anunciado Salvador es una mera figura literaria que ni habitó ni habitará entre los hombres. Para otros, todavía está por llegar. Han existido creyentes convencidos de que la Divinidad se encarnó en otros personajes históricos. E, incluso, los hubo que defendieron, con sincera devoción, que su venida al mundo se produjo durante el siglo XIII en... ¡¡Zaragoza!!, en el seno de la comunidad judía local.

A lo largo de los siglos, infinidad de iluminados, embaucadores o tunantes engañabobos se han apropiado de la condición de Mesías, el ungido por Dios, para instaurar su reino en la Tierra sin otro interés que el beneficio propio. No es ese el caso de Abraham ben Shemuel Abulafiah, más conocido como Abraham Abulafia, pues está considerado como una personalidad de enorme relieve en la cultura hebraica medieval, clave en la historia de la cábala y uno de los máximos representantes de la mística, no solo judía, sino universal.

Abraham Abulafia vio su primera luz en la capital del Ebro en 1240. En ese tiempo, la judería de Zaragoza, cuyo origen se remonta a época romana, iniciaba un periodo de pujanza que se mantendría vivo durante décadas. El número de sus miembros crecía de forma sostenida, pues había acogido a judíos del sur peninsular, huidos del rigorismo religioso de los almohades, a los que se sumarían familias expulsadas de Francia. Y su prosperidad, tanto económica, como política y cultural, aumentaba al mismo ritmo.

Llegó a ser conocida como qiryah ‘alizah (ciudad alegre), un espejo, un modelo que imitar, punto de referencia para otras aljamas de la Corona de Aragón. Su elite, ligada a la monarquía, ocupó puestos de responsabilidad en la Corte, además de financiar empresas del soberano aragonés, de quien dependía. Y las sentencias de sus sofrim (notarios), hoy atesoradas como joyas jurídicas, literarias e históricas de valor incalculable en prestigiosas colecciones, como la Hebraica de Berlín o la British Library, sentaban cátedra en todo el Mediterráneo occidental.

Tal fue el auge de la aljama zaragozana que no tardó en rebasar sus límites físicos. Durante centurias ocupó el cuadrante sudoriental del antiguo recinto romano, comunicada con el resto de la ciudad por seis puertas o postigos que se cerraban por la noche. La sinagoga mayor se levantaba en el solar hoy ocupado por la iglesia del seminario de San Carlos Borromeo. A partir de 1273, con permiso real, saltaría la barrera que hasta entonces habían supuesto la antigua muralla de piedra y el Coso para dar vida a la llamada judería nueva, extramuros, de la que se conservan unos baños públicos, en los bajos de un edificio de viviendas, como único vestigio de la presencia hebraica en la capital aragonesa.


Ese entorno de prosperidad no retuvo, sin embargo, a la familia de Abraham Abulafia, que dejó la ciudad para instalarse en Tudela. Allí recibió el muchacho su primera formación de la mano de su padre, quien le inició en los preceptos del judaísmo. En 1260, tras el fallecimiento de su progenitor, partió hacia Tierra Santa en un viaje iniciático en busca del Sambation, un mítico río más allá del cual se encontraban las diez tribus perdidas de Israel. Pero al encontrar la zona devastada por las Cruzadas (en el siglo XIII se sucedieron cinco Cruzadas que solo sirvieron para sembrar en la región muerte, desolación y caos) y por el traumático fin del califato abasí a manos de los mongoles (1258), regresó a Europa.

Se casó a su paso por Grecia y se instaló en Capua, en el sur de Italia, donde bajo la guía de un médico llamado Hillel, probablemente el rabino Samuel ben Eliezer, también conocido como Hillel de Verona, se entregó al estudio de tratados cabalísticos (la cábala es una suma de las tradiciones místicas judías que pretende desentrañar los mensajes crípticos y las enseñanzas ocultas en la Torá, los cinco primeros libros de la Biblia o Pentateuco). Asimismo, se adentró en el análisis de la Guía de los perplejos, la obra cumbre de Maimónides, médico y pensador judío nacido en Córdoba, célebre por intentar maridar de forma armoniosa fe y razón. Según Abulafia, el texto encerraba un compendio de sabiduría enmascarada que, después de un minucioso examen, era posible decodificar.

Tras obtener cierto reconocimiento y contar con sus primeros discípulos, en 1271 se trasladó a la Península Ibérica para ahondar en su formación. Residió temporalmente en Barcelona y en Castilla, centros cabalísticos de primer orden (es más que probable que uno de los textos centrales de la cábala, el Zohar, fuese escrito por Moisés de León, contemporáneo del zaragozano), antes de iniciar nuevos viajes que le llevaron a Sicilia y, otra vez, a Grecia y Capua.

Parece ser que fruto de sus estudios y reflexiones llegó a la conclusión de la inminente llegada al mundo del verdadero Mesías y sus experiencias místicas le llevaron a determinar que el encargado de dar a conocer la buena nueva, tocado por la mano de Dios, resultaba que era él.

En 1280, protagonizó un impar episodio que le dio notoriedad y revela la singularidad de su persona y obra. Cada vez más convencido de su condición mesiánica, decidió entrevistarse con el papa Nicolás III, a quien anunció su visita, para darle cuenta de sus logros y obtener la alianza de judíos y cristianos de cara a la etapa que se avecinaba. Con ese fin, se encaminó a Viterbo, ciudad a la que se había trasladado la curia papal en 1257 para huir de la hostilidad ciudadana y de la constante violencia que reinaba en Roma.

En agosto, como tenía costumbre en época estival, el pontífice descansaba en un castillo cercano, Roca Suriana. Miembro de la poderosísima familia Orsini, de genio vivo, abundantes preocupaciones terrenales (no hay que olvidar que Dante, en su Divina comedia, no dudó en tacharlo de codicioso y corrupto, y lo colocó en el Infierno) y, por lo que se ve, poco dado al diálogo ecuménico, Nicolás III ordenó que se levantara una gran pira y que en cuanto asomase por ahí fuese apresado y quemado.

La noticia no hizo mella en el ánimo de Abulafia, que no abandonó la empresa, seguro de que Dios protegería a su emisario. Y al entrar decidido en el recinto amurallado, se enteró de que el papa había fallecido la noche anterior, de repente, a resultas de un inesperado ataque de apoplejía, lo que confirmaba sin lugar a dudas sus argumentos. No obstante, fue detenido y enviado a prisión. Pero los cardenales, enzarzados en una dura pugna por la sucesión en el trono de San Pedro, no sabían qué hacer con él y, finalmente, transcurrido un mes, lo pusieron en libertad.

Algo más prudente, visto lo visto, no quiso poner a prueba de nuevo el socorro divino y, por si acaso, sin esperar a que fuera elegido un nuevo interlocutor válido, esto es, un nuevo pontífice (las disputas entre candidatos italianos y franceses no se zanjarían hasta siete meses después de la muerte de Nicolás III, cuando Carlos de Anjou impusiera por la fuerza a su protegido, Martín IV), abandonó el lugar y se afincó en Sicilia, donde continuó con sus prédicas mesiánicas. La comunidad hebrea de Palermo hizo públicas sus protestas por la influencia que ejercía sobre los jóvenes del lugar y el rabino barcelonés Salomón ben Adret, gran autoridad jurídica del momento, condenó sus enseñanzas.

Como consecuencia, entre 1285 y 1288 estuvo confinado en la diminuta y ventosa isla de Comino, en el archipiélago maltés. Volvió posteriormente a Italia y en 1291 dio a conocer Imre Shefer, libro que reúne gran parte de sus enseñanzas. A partir de entonces se pierde su rastro y nada más se sabe de él.

A lo largo de su vida, este sorprendente zaragozano redactó más de cincuenta obras, muchas de las cuales se han perdido y otras permanecen inéditas. Entre las que alcanzaron alguna difusión figuran poemas, análisis gramáticos, comentarios a los libros de otros autores y textos proféticos. Pero las de mayor calado son tratados místicos y cabalísticos basados en la gematría, una ciencia centrada en la permutación y combinación de letras, y en las relaciones existentes entre las palabras de un mismo valor numérico, para revelar su trascendencia espiritual y dilucidar su simbolismo (a cada letra hebrea le corresponde un valor numérico; cuando la suma de las que componen una palabra es igual a la suma de las que forman otra, se considera que ambas deben tener una conexión).

No es este el lugar para analizar al detalle sus intrincadas teorías (doctores tiene la cábala), pero su fin último era establecer las técnicas y medios necesarios para conseguir la gozosa unión del hombre con Dios. Fijar un camino, ajeno a la realidad que nos muestran los sentidos, que libere nuestra mente y conduzca al Creador, para sumergirse en la esencia de su divinidad. Su misticismo, lleno de referencias musicales y términos eróticos, está emparentado con el de los sufíes musulmanes y enlaza con la lírica religiosa que siglos más tarde compondrá San Juan de la Cruz.

Su influencia, muchas veces velada, condicionó la obra de sus discípulos y de toda la cábala posterior. Algunos de sus escritos fueron vertidos al latín e italiano durante el Renacimiento por intelectuales cercanos a Pico della Mirandola, sobre todo por Guillermo de Sicilia, un judío converso más conocido como Flavio Mitrídates, y dejaron su poso en algunas corrientes cristianas del momento. Y hasta hay quien opina que afloran en la obra pictórica de Miguel Ángel, en especial en sus frescos vaticanos.

En la actualidad, la gente de la calle ignora por completo su existencia. No así ciertos novelistas amigos de misterios arcanos y algunos especialistas en Semiótica, Matemáticas e Informática, admirados por su capacidad para el análisis lingüístico y los cálculos combinatorios.

Sus textos han inspirado a creadores judíos contemporáneos, ya sean músicos, literatos (Élie-Geroges Barreby, Nathaniel Tarn, Yvan Goll) o artistas plásticos (Bruria Finkel, Abraham Pincas), por lo general de públicos minoritarios.

Pero su figura también está presente en famosos best-sellers de difusión planetaria. Philipp Vandenberg hace referencia a Abulafia y a su influjo sobre Miguel Ángel en La conjura sixtina. Los personajes de mayor peso de El último cabalista de Lisboa, del estadounidense Richard Zimler, siguen las doctrinas de Abulafia. La también estadounidense Myla Goldberg, alude a Abulafia en su novela La huella del silencio, que fue llevada al cine en 2005 con Richard Gere y Juliette Binoche al frente del reparto. El matemático e informático australiano Greg Egan, metido a escritor de ciencia-ficción, escogió en la ya clásica Ciudad Permutación el interfaz “Abulafia” como clave de acceso del principal protagonista, Paul Durham. Y el celebrado Umberto Eco, en El péndulo de Foucault, cuya acción está dividida en 120 capítulos agrupados en diez sefirot de la cábala hebrea, bautizó con el nombre del zaragozano un ordenador de vital importancia en la trama.

Para saber más:
-Hames, Harvey J.: Like angels on Jacob’s ladder: Abraham Abulafia, the Franciscans and Joachimism, State University of New York Press, Albany (N.Y.), 2009.
-Idel, Moshe: The mystical experience in Abraham Abulafia, State University of New York Press, Albany (N.Y.), 1988. Hay una edición en francés: L’experience mystique d’Abraham Aboulafia, París, Les Editions du Cerf, 1989.
Cábala, nuevas perspectivas, Madrid, Siruela, 2005.
-Scholem, Gershom: Las grandes tendencias de la mística judía, México, Fondo de Cultura Económica, 1996.
Los orígenes de la cábala, Barcelona, Paidós, 2001.
La cábala y su simbolismo, Madrid, Siglo XXI, 2009.
-VV.AA.: Cábala y deconstrucción, Barcelona, Azul, 1999.
Aragón Sefarad, Zaragoza, DPZ-Ibercaja, 2004.
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