miércoles, 18 de diciembre de 2013

José Cabrero Arnal y el perro Pif

En Francia, el cómic (bande dessinée) es a un mismo tiempo pasión e industria. No hay otro país de Europa que le dedique mayor atención y allí se celebra anualmente el Festival Internacional de Angulema, una de las más concurridas reuniones de autores, editores y lectores de historietas del mundo.

A mediados del siglo XX, antes de que la televisión se apoderase de todos y cada uno de los hogares del viejo continente, el cómic francés vivió un periodo de especial esplendor. En ese tiempo, a figuras clásicas llegadas de Bélgica, como Tintín, Spirou o Lucky Luke, se fueron sumando héroes locales de la talla del irreductible Astérix. Con todos ellos, con los viejos y con los nuevos, convivió otro personaje menos conocido en España pero que en el país vecino rivalizó y hasta superó a los anteriores, el perro Pif.

Llegó a dar nombre a una popular revista, con una tirada semanal que oscilaba entre los 700.000 y el millón de ejemplares, esperada todos los jueves como el maná por los niños y los no tan niños. Y en muchos de ellos dejó una profunda impronta, como recuerda el escritor francés Michel Houellebecq en las páginas de Las partículas elementales (1998), donde evoca cómo durante su infancia le ayudaba a hacer volar su fantasía en la soledad de su habitación, en casa de su abuela paterna, comunista, en Charny (Borgoña).

La mayor parte de sus lectores suponían que la firma C. Arnal que aparecía en las aventuras de Pif hacía referencia a un francés, Claude Arnal. Sólo los más informados sabían que el autor del guión y los dibujos era un español. Pero, equivocadamente, lo creían nacido en Barcelona.

Lo cierto es que José Cabrero Arnal no era catalán sino aragonés. Su vida no fue un camino de rosas. Le tocó vivir episodios terribles, plagados de violencia y barbarie, y sólo su omnipresente sentido del humor y los lápices de colores, inseparables compañeros, lograron sacarlo a flote.

Había nacido en septiembre de 1909 en Castilsabás, un pequeño pueblo 12 kilómetros al nordeste de la capital oscense cuyos habitantes pueden contarse hoy con los dedos de las manos. Como tantas otras, su familia se vio obligada a ganarse el pan lejos de casa. Su padre, Emeterio, un labrador sin tierras propias, consiguió trabajo como policía en Barcelona, a donde se trasladó con su mujer e hijos.

Para un niño criado en la inveterada inmutabilidad de la vida rural, llegar a la Barcelona de la época, un hervidero de luchas obreras, pistolerismo y reivindicaciones políticas, fue como aterrizar en otro planeta. Todo le parecía fascinante: sus inmensas avenidas, el gentío que las poblaba, el ruidoso tráfico, los diferentes ambientes de sus barrios, los cines y cafés, el mar... Pronto, sin embargo, se acomodó a la nueva situación y, tras abandonar sus estudios, consiguió algunos empleos como ebanista y mecánico.

Desde crío había tenido un don para el dibujo y sería esa cualidad la que le permitiría salir de los límites de su devenir cotidiano. Su carácter abierto y bromista, condimentado con sus infinitos monigotes y caricaturas, le abrieron las puertas de los cabarets del Barrio Chino y del mundo nocturno y bohemio. A él le gustaba divertirse y vivir la vida.

Se intentó hacer boxeador, pero le partieron la nariz y renunció a la idea. Comenzó entonces a colaborar de forma profesional con las principales revistas infantiles del momento, con historias y personajes emparentados con El Gato Félix y los divulgados por la casa Disney. Dibujó para TBO, KKO, Gente Menuda, Mickey y, sobre todo, Pocholo, donde animó varias series que le reportaron un merecido reconocimiento: Hazañas de Paco Zumba, el moscón aventurero; Cascarilla, detective; la premonitoria Guerra en el país de los insectos; y las andanzas y viajes extraordinarios protagonizados por el perro Top, “padre” del futuro Pif.

Su dominio de los recursos gráficos y el dinamismo de sus composiciones en seguida le hicieron destacar en el universo del entretenimiento para niños. Cabrero Arnal fue uno de los primeros historietistas españoles en generalizar el uso del “bocadillo” en los diálogos, las líneas de movimiento, las elipsis narrativas, las onomatopeyas de ruidos y las metáforas visuales (estrellas, corazones, bombillas, rayos, calaveras, etc.).

A su vez, participó en la ilustración de publicaciones de adultos, como Lecturas y El Hogar y la Moda, así como en el semanario satírico L'Esquella de la Torratxa, antimonárquico y anticlerical, para el que firmó caricaturas y viñetas humorísticas.

El inicio de la Guerra Civil dinamitó su bien encaminada trayectoria vital y profesional. Podía haberse buscado un puesto en retaguardia dedicado a la confección de revistas, folletos o carteles de propaganda, pero decidió ir voluntario al frente, en las Milicias Populares, para defender la República. Combatió como artillero, hasta ser herido en una pierna. Y tras curar sus lesiones, fue asignado a una compañía de ametralladoras.


Después de tres años de penalidades, en marzo de 1939 su padre fue fusilado en Huesca por los partidarios de los militares sublevados. Perdida toda esperanza y con Barcelona ya ocupada por las tropas franquistas, cruzó extenuado la frontera en compañía de miles de refugiados.

Peregrinó por los campos de internamiento de Argelès, Barcarès y Saint-Cyprien, donde más de medio millón de exiliados españoles, custodiados por guardias senegaleses o magrebíes, malvivieron o murieron a la intemperie, desnutridos y sin las mínimas condiciones higiénicas, a causa del frío, las enfermedades o las epidemias.

Al comenzar la II Guerra Mundial, se enroló en la 109 Compañía de Trabajadores Extranjeros (CTE) una de las unidades militarizadas que prestaban servicios auxiliares al ejército francés, compuestas principalmente por republicanos españoles. Por medio franco al día, trabajaban a destajo, cubiertos con pesados capotes de la gran guerra del 14 y desarmados.

Cuando los alemanes rebasaron la línea Maginot, en la primavera de 1940, fue hecho prisionero junto con sus compañeros y, tras estar un tiempo confinado, el 27 de enero de 1941 ingresó en el campo de exterminio de Mauthausen, un infierno en la Tierra, donde se le asignó el número 6299.

Al revisar las pertenencias de los internos, un oficial de las SS encontró varios dibujitos pornográficos que había hecho a petición de uno de los policías alemanes que lo habían custodiado. Desencajado, exigió a gritos saber el nombre de su autor y Cabrero Arnal, aunque se temía lo peor, dio un paso al frente. Para sorpresa de todos, el oficial soltó una risotada y dijo que en adelante dibujaría para él.

Se le asignó un puesto en el almacén de ropa y allí pasó sus primeros meses en el campo, lo que aprovechó para conseguir, a escondidas, prendas de abrigo para los compañeros que las necesitaban o para intercambiar por comida. De esa época data la caricatura que hizo de otro prisionero altoaragonés, Miguel Luciano Aznar Sesé, natural de Oto.

Su “tranquilidad”, sin embargo, tuvo fecha de caducidad pues el responsable de la instalación, un alemán, fue sorprendido con joyas y otros objetos de valor de los deportados, fruto de un pillaje organizado, y todos los que trabajaban en el almacén y se libraron de ser ejecutados fueron destinados a la cantera de granito, a acarrear piedras de unos 20 kg por una interminable escalera de 186 escalones, “la escalera de la muerte”, en la que infinidad de presos, exhaustos o apaleados, dejaron la vida.

Un tiempo después, fue enviado al llamado kommando Steyr, un complejo fabril que abastecía a la maquinaria de guerra nazi, unos kilómetros al sur del campo principal. La muerte era habitual entre los obreros forzosos a causa de la desnutrición, el frío y el ritmo de trabajo, así como por los ataques aéreos aliados.

Al contrario que Hércules, Teseo u Orfeo, que salieron indemnes de su paso por el Hades, cuando Mauthausen fue liberado por los estadounidenses, en mayo de 1945, los pocos que habían logrado resistir con vida se habían convertido en espectros. Entre ellos se encontraba Cabrero Arnal. Tenía 36 años y pesaba 39 kilos.

A pesar de lo menguado de sus fuerzas, pudo llegar hasta París, donde conoció un nuevo calvario. Mendigaba y dormía en bancos de la calle o en alguna pensión miserable. Medio muerto de hambre y frío, una camarera, con la que se casaría, se apiadó de él y lo alimentó por compasión. La suerte por fin vino a visitarle cuando la Cruz Roja Republicana y antiguos compañeros de infortunio, que conocían su arte con los lápices, le pusieron en contacto con el periódico L’Humanité, órgano oficial del Partido Comunista Francés, donde coincidió con el fotógrafo Francesc Boix, otro superviviente de Mauthausen.

En L`Humanité publicó con asiduidad tiras cómicas y en 1948, aunque con el tiempo daría vida a multitud de personajes, vio la luz su creación más popular: el perro Pif, la mascota de una familia de clase trabajadora envuelta en innumerables líos que siempre se solventaban con humor.

Tal fue su éxito que, en 1952, Pif se mudó a Vaillant, un semanario infantil creado por antiguos miembros de la Resistencia en el que Cabrero Arnal ya colaboraba con las correrías de Placid y Muzo. En sólo unos meses, la efigie de Pif colonizó la cabecera, luego cedió su nombre a la sección de pasatiempos y en 1954 sus peripecias viajaron de la contraportada a la portada. En 1965, la publicación pasó a denominarse Vaillant, le Journal de Pif y cuatro años más tarde únicamente Pif Gadget (en referencia al juguetito que se regalaba con cada número).

Bajo su manto protector surgieron célebres “actores secundarios”, como el gato Hércules o Pifou, el hijo de Pif. Alguno de ellos nació ya de la pluma de colaboradores de Cabrero Arnal pues éste, con su salud quebrada tras lustros de desventuras, fue dejando a sus criaturas en manos de otros dibujantes y guionistas.


Las andanzas de Pif aparecieron en multitud de formatos. Salieron a la venta juguetes promocionales e incluso llegó a contar con una serie de animación, en 1989, años después del fallecimiento de su creador. Su fama se extendió por países francófonos como Bélgica y Suiza, pero también alcanzó Italia, Alemania y varias naciones del otro lado del telón de acero (no hay que olvidar el origen comunista de la revista), en especial Rumanía.

En España se publicó en 1978 una versión traducida, titulada Pif, con un formato menor que el original. Pero sólo salieron a la venta 37 números, al no tener el arraigo de los tebeos de la editorial Bruguera, una competencia inabordable.

Cabrero Arnal no volvió nunca a España, aun cuando jamás pudo obtener la nacionalidad francesa. La solicitó a comienzos de su estancia parisina, pero le fue denegada repetidamente. Con la Guerra Fría ya en marcha, las autoridades le etiquetaron como miembro del Partido Comunista, algo que nunca fue y que no encajaba en su forma de ser, tan celosa de su libertad personal y refractaria a todo tipo de disciplina.

Cuando murió en Antibes, en 1982, al día siguiente de cumplir los 73 años, había sido incomprensiblemente orillado por el mundo del cómic, del que su frágil salud le había ido apartando, pese a que sus creaciones, convertidas ya en iconos, mantenían intacto su brillo.

Hace escasas fechas se ha celebrado una nueva edición del Salón del Cómic de Zaragoza. En ninguna de ellas ha recibido homenaje alguno, aun siendo el principal autor aragonés en la historia del tebeo. Seguramente, porque ni organizadores ni visitantes, en su propia tierra, saben de su existencia.

Por fortuna, un profesor de historia francés, también dibujante y nieto de exiliados aragoneses, Philippe Guillen, se ha propuesto sacarlo de las tinieblas del olvido y le ha dedicado un magnífico libro, que todavía no tiene versión en castellano. Y José Luis Melero, hace escasas fechas, lo presentó al público desde su tribuna en Heraldo de Aragón.

También se puede rastrear su paso por el campo de concentración en la novela K. L. Reich, escrita por un compañero de Mauthausen y editada por primera vez en 1963, ya que su figura inspiró al protagonista de la narración, Emilio, un prisionero que consigue sobrevivir haciendo dibujos pornográficos para los SS.

Para saber más:

-Amat-Piniella, Joaquim: K. L. Reich, Barcelona, Seix Barral, 1963. / Barcelona, Libros del Asteroide, 2014.
-Guillen, Philippe: José Cabrero Arnal. De la République espagnole aux pages de ‘Vaillant’, la vie du créateur de ‘Pif le chien’, Portet-sur-Garonne, ed. Loubatières, 2011.
-Roig, Montserrat: Noche y niebla. Los catalanes en los campos nazis, Barcelona, Península, 1978.

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