viernes, 25 de octubre de 2013

María Andrea Casamayor, la prosperidad a través de las Matemáticas

La matemática zaragozana María Andrea Casamayor y de la Coma fue la primera mujer de la que se tiene noticia en publicar un libro de tema científico en España. Lo hizo durante la primera mitad del siglo XVIII y, a juzgar por el contenido de su obra y por la forma en que está expuesto, su intención fue la de “democratizar” el saber y dotar de instrumentos útiles a sus conciudadanos para que pudieran prosperar en sus tareas cotidianas.

No se conoce con exactitud la fecha de su nacimiento. Sus padres, el mercader Juan José Casamayor Mancebo, de origen altoaragonés, y la zaragozana Juana Rosa de la Coma Alexandre, contrajeron matrimonio el 13 de abril de 1705 en la basílica del Pilar, a tiro de piedra de su domicilio en la calle de la Coma (hoy Damián Forment). Allí bautizarían también a sus hijos, dos niñas y cuatro niños. María Andrea, casi con seguridad, sería de los mayores.

La Zaragoza en la que vivió esta pionera de la ciencia fue una de las más florecientes de su historia. Una vez superados los estragos que había dejado a su paso la Guerra de Sucesión, la ciudad fue recuperando el pulso. La influencia en la Corte del llamado “partido aragonés”, encabezado por el conde de Aranda, repercutió en la capital del reino. Y en ella se fueron abriendo paso, aunque a duras penas, los postulados de la Ilustración.

Dicha corriente cultural, nacida en Francia e Inglaterra, sostenía que había que combatir la ignorancia y la superstición. La razón, la ciencia y la educación eran imprescindibles para impulsar el progreso económico y renovar la sociedad.

Semejante ideario, llamado a alterar el orden establecido, no fue del agrado de todo el mundo, claro está. Pero una minoría, pese a formar parte de la elite acomodada, lo asumió y lo llevó a la práctica. A ese grupo ilustrado parece pertenecer la familia de María Andrea Casamayor, ya que ésta recibió una esmerada instrucción, algo insólito para una mujer en la España de su tiempo.

No es probable que acudiera a la escuela, pues durante su infancia todavía no había en Zaragoza colegios femeninos (y los mixtos eran impensables). El primero lo abriría la Compañía de María, en 1744. Unos años más tarde, las dominicas de Santa Rosa también orientaron su vocación hacia la enseñanza. Pero hasta 1783, por Real Cédula, no se establecieron en el país las escuelas de barrio para niñas. Había mujeres que recibían en su casa a alumnas privadas y tutores para las más pudientes, si bien, en la práctica totalidad de los casos, las chicas sólo recibían nociones de doctrina católica y labores domésticas. Aprender a leer y escribir, por ejemplo, se consideraba secundario.

Una de las contadas excepciones a esa norma fue María Andrea Casamayor. Fray Pedro Martínez, rector y regente de estudios del colegio San Vicente Ferrer, dejó testimonio del admirable nivel que había adquirido en las ciencias matemáticas. Ambos se reunían con frecuencia para trabajar en difíciles cálculos aritméticos y abrir nuevas vías de investigación. Por eso, el religioso manifestó una enorme sorpresa cuando, en 1738, su compañera de elucubraciones numerarias llevó a la imprenta un libro, Tyrocinio Artihmetico. Instrucción de las cuatro reglas llanas, en el que se explicaban, de forma muy sencilla, las operaciones más básicas: sumar, restar, multiplicar y dividir.

Existían otras publicaciones que abordaban el mismo tema, pero todas eran más prolijas y farragosas. El Tyrocinio (“aprendizaje”) aportaba ejemplos asequibles extraídos de la vida real en ámbitos como el comercio, la agricultura y la ganadería. Y, a su vez, incluía un completo tratado de los pesos, medidas y monedas vigentes en Aragón, con detalladas tablas de valores y equivalencias.

El texto lo tuvo que firmar con un nombre masculino, Casandro Mamés de la Marca y Araoia, un anagrama del suyo propio. Es decir, trastocó el orden de las letras de su verdadero nombre para componer su seudónimo. Ese supuesto autor dedicaba la obra al colegio de Santo Tomás, de las Escuelas Pías zaragozanas, de las que se decía discípulo. Y ahí puede estar otra de las claves de la edición de un libro en el que priman varios principios básicos: ser accesible, didáctico, útil y ofrecer herramientas para mejorar la productividad y la consideración social.

Los escolapios se instalaron en Zaragoza en 1731 y no sería de extrañar que alguno de sus miembros hubiese sido instructor de María Andrea. Con ellos traerían la primitiva filosofía de la orden, fundada en 1597, en Roma, por el oscense José de Calasanz. Su idea de atender la educación de los más necesitados de forma gratuita supuso toda una revolución en su tiempo. Tanto los jesuitas, que temían perder su monopolio docente, como, sobre todo, los estamentos privilegiados, la vieron como una amenaza e intentaron eliminarla.

Si los pobres tenían acceso a las escuelas, aprendían a leer y a escribir, algo que se consideraba antinatural, y se convertían en unos “señoritos” ¿quién querría trabajar la tierra de sol a sol?, ¿quién se encargaría de cuidar los animales?, ¿quién acarrearía sacos y fardos?, ¿quién limpiaría todo lo que se ensuciaba? Y si, además, sabían de cuentas ¿a qué peligrosas conclusiones podían llegar?

Calasanz también abogó porque la formación fuese provechosa y permitiera a los alumnos ganarse el pan en el futuro. Por ello hizo especial hincapié en las Matemáticas y sus aplicaciones prácticas. Varios de los primeros escolapios fueron notables matemáticos y físicos. El propio fundador se interesó por la disciplina y hasta tuvo el coraje de apoyar a Galileo antes, durante y después del juicio al que fue sometido, en el que la Iglesia le dio a elegir entre renegar de la absurda y herética teoría de que la Tierra giraba alrededor del sol o morir quemado vivo en la hoguera.

Como no podía ser de otra manera, dado su “subversivo historial” y sus “amistades peligrosas”, Calasanz se vio obligado a comparecer ante el Santo Oficio en 1642 y terminó suspendido. Seis años después, Inocencio X redujo sus pretensiones y convirtió su creación, muy controlada, en una orden secular sin votos. Hasta 1699, tras incontables presiones en todos los sentidos y ya muerto el santo oscense, las Escuelas Pías no recobrarían su pujanza, al ser restituidas como orden de votos solemnes.

Tanto el ideario de los primeros escolapios como los principios ilustrados se hallan en la base del Tyrocinio de Andrea Casamayor, quien rebajó sus amplios conocimientos matemáticos en favor de la pedagogía y el bien común, algo que no es tan sencillo ni está al alcance de cualquiera, por mucho que se domine determinada materia. Todo en él se explica con claridad, paso a paso, para facilitar su comprensión.

Una obra suya de más calado pero de menos repercusión social, como el título ya indica, sería El para sí solo de Casandro Mamés de la Marca y Araioa. Noticias especulativas y prácticas de los números, uso de las tablas de raíces y reglas generales para responder algunas demandas que con dichas tablas se resuelven sin álgebra, su segunda composición, hoy perdida. Sus 109 folios manuscritos quedaron en posesión de sus hermanos cuando María Andrea murió sin hijos en octubre de 1780, ya anciana. Éstos la dieron a conocer a eruditos y curiosos, pero nunca costearon su impresión, pues no resultaba rentable.

Por desgracia, aparte de lo que sus escritos dejan entrever y de vagas referencias de otros autores, pocos datos más hay de esta zaragozana excepcional, enterrada en el Pilar, que vio pasar su vida a orillas del Ebro y a la que doctos contemporáneos dedicaron escasas pero meritorias líneas. Disfrutó del saber y de su difusión en una época en que ambas actividades estaban vedadas al sexo femenino por los usos y costumbres. Y aun cuando se desconozcan la mayor parte de su trayectoria vital y de sus logros, no aparezca en ningún manual y nadie haya oído nunca mencionar su nombre, se trata de la primera mujer de ciencia española de la que se conserva obra escrita. Eso sí, oculta bajo un seudónimo masculino.

Para saber más:
-Casado Ruiz, María José: Las damas del laboratorio. Mujeres científicas en la historia, Barcelona, Debate, 2006.
-Urgel Masip, Asunción: José de Calasanz, Zaragoza, CAI, 2000.

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PD: Esta entrada participa en la Edición 4.1231056 del Carnaval de Matemáticas, cuyo anfitrión es el blog Scientia

martes, 15 de octubre de 2013

Roque Joaquín de Alcubierre, el descubridor de Pompeya y Herculano

¿Quién no ha oído hablar de Pompeya? Salvo la propia capital, no existe ninguna otra ciudad, de las cientos que florecieron en la Antigüedad bajo el control político de Roma, que haya alcanzado la popularidad que hoy tiene en cualquier parte del globo la localidad de la bahía de Nápoles. Incontables enjambres de turistas la recorren a diario. Y todo el mundo, además, está al corriente de su trágico fin.

Pompeya no fue una gran metrópoli sino una urbe de tamaño medio, similar a otras muchas. Y ni siquiera sus ruinas son las más majestuosas entre las conservadas, pues se han hallado restos de mayor monumentalidad y extensión a orillas del Mediterráneo (basta con visitar Leptis Magna,  Djémila o Timgad, en el Norte de África, para comprobarlo). Sin embargo, tanto Pompeya como sus vecinas, en especial Herculano, poseen unas características distintivas que las dotan de un valor especial.

Un cataclismo interrumpió abruptamente el discurrir de su existencia un verano del año 832 desde la fundación de Roma, esto es, el año 79 del calendario cristiano actual, cuando todavía estaban calientes, ironías del destino, las brasas de las grandes hogueras con las que sus pobladores acababan de celebrar las Vulcanalias, fiestas dedicadas a Vulcano, esposo de Venus y dios del fuego, la forja y los volcanes.

Como contrapartida, ese apocalipsis que las devastó les proporcionó un cobijo estable y permitió que, en parte, se conservaran tal y como estaban en el momento de la tragedia. Calles, viviendas, comercios, oratorios, zonas de ocio, estatuas, pinturas y grafitis, muebles, utensilios de uso cotidiano, joyas y hasta la huella dejada por los cuerpos de algunos de sus habitantes y de sus mascotas, a los que no dio tiempo de huir, permanecieron durante siglos preservados en una “cámara sellada”, bajo tierra, a salvo del despiadado paso del tiempo.

Y allí seguirían, como lugares de leyenda, si no hubiese sido por la tenacidad de un zaragozano, Roque Joaquín de Alcubierre, quien las localizó y devolvió a la luz.

En una carta, un testigo ocular, Gayo Plinio Cecilio Segundo, conocido hoy como Plinio el Joven, narró con detalle la catástrofe a su amigo y gran historiador Cornelio Tácito, así como la muerte de su tío. Éste, el mayor naturalista del mundo antiguo, al que se da el sobrenombre de Plinio el Viejo para diferenciarlo de su sobrino, había acudido a evacuar a los supervivientes al mando de la flota romana emplazada en la zona.

Según Plinio, tras unos pequeños temblores de tierra, el noveno día antes de las calendas de septiembre (24 de agosto) una colosal columna de humo procedente del Vesubio ascendió a los cielos. A continuación, comenzó una densa lluvia de piedras volcánicas y ceniza que ocultó el sol. Durante horas, cubrió toda la comarca, hundió tejados y colapsó vías y caminos. Finalmente, grandes nubes de gases ardientes  y materiales en suspensión que se movían a nivel del suelo (oleadas de flujo piroclástico) abrasaron todo lo que encontraron a su paso.

Cuando el volcán se serenó, Pompeya, Herculano, Estabia, Oplontis y otros asentamientos menores habían desaparecido de la faz de la tierra. El emperador Tito, que sólo llevaba un par de meses en el poder, envió rápidos auxilios, donó dinero para las víctimas y hasta se personó en el lugar. Pero muy poco se pudo hacer. Durante un tiempo, antiguos habitantes y saqueadores intentaron recuperar objetos de algún valor. Después, el recuerdo de las ciudades sepultadas se fue haciendo cada vez más difuso hasta acabar por perderse. Como único testimonio de lo sucedido sólo quedaron las cartas de Plinio.

Diecisiete siglos más tarde un ingeniero militar nacido en Zaragoza, en 1702, se afincó en la región. No se sabe la fecha con certeza, pero es más que probable que fuera durante la segunda mitad de 1734, una vez que el reino de Nápoles retornó a manos españolas. Tras la batalla de Bitonto, en mayo de ese año, los soldados del conde de Montemar doblegaron los últimos focos de resistencia austriaca y fue entronizado un hijo del monarca español Felipe V, que pasó a reinar con el nombre de Carlos VII de Nápoles (el mismo que en 1759, al morir sin descendencia sus hermanos mayores Luis I y Fernando VI, abandonaría la corona napolitana para ceñir la española y convertirse en Carlos III).

Roque Joaquín de Alcubierre había recibido su primera formación a orillas del Ebro. Y en cuanto tuvo edad para ello, al parecer bajo la protección del conde de Bureta, se unió como voluntario al Real Cuerpo de Ingenieros Militares, creado en 1711. A las órdenes de Esteban Panón y de Andrés Bonito y Pignatelli, pasó por varios destinos, entre los que figuraron  Gerona y Valsaín, antes de trasladarse a la Corte. Allí intentó ser admitido de forma definitiva en la oficialidad del Cuerpo de Ingenieros. Pero su complicado carácter y rencillas internas se lo impidieron.

Al ser enviado a Nápoles Andrés de los Cobos, su superior en ese momento, Alcubierre, a quien su jefe inmediato tenía en alta estima, le acompañó. El primer documento que certifica su presencia en el Sur de Italia data de enero de 1736.

Dos años después y ya, por fin, con los galones de capitán, se hallaba enfrascado en la nivelación de los terrenos aledaños a un pabellón de caza para el rey, en Portici, cuando le llamó poderosamente la atención la gran cantidad de objetos antiguos que surgían diseminados, a pocos centímetros de la superficie. Un amigo del lugar, el cirujano Giovanni de Angelis, le confirmó la constante presencia de materiales romanos. Al mismo tiempo, le llegó la noticia de que unos años antes, durante el dominio austriaco, al cavar un pozo en una finca cercana por orden de Manuel Mauricio de Lorena, príncipe D’Elbeuf, se habían encontrado lo que parecían vestigios arquitectónicos, junto a mármoles labrados y otros restos menores.

Todo ello le hizo sospechar que la tierra albergaba tesoros escondidos y pidió permiso para iniciar una búsqueda más exhaustiva. No hay que olvidar que desde el Renacimiento las piezas de arte griegas y romanas estaban muy cotizadas y existía un floreciente mercado para coleccionistas, copado por las familias más adineradas, en el que abundaban las falsificaciones (hasta Miguel Ángel, en su juventud, labró varias estatuas que luego enterró y “avejentó” para poder venderlas a mejor precio). Tras mucho insistir, obtuvo la autorización del propio monarca en octubre de 1738 y, con la ayuda de tres peones, se puso manos a la obra.

En aquel entonces, ni la Arqueología ni sus métodos científicos existían todavía. El penoso trabajo de Alcubierre y sus hombres se asemejaba al de los mineros en busca de metales o piedras preciosas. Excavaban pozos y a partir de éstos abrían galerías subterráneas, en muchas ocasiones en terrenos “petrificados” donde llegaban a emplear dinamita para abrirse paso. A medida que iban avanzando, las galerías se estrechaban y se hacían más inhóspitas, por la humedad y, sobre todo, el humo de las antorchas con las que se alumbraban. Al lugar de la excavación sólo se podía acceder por el pozo. Tanto hombres como materiales ascendían y descendían atados a una soga, con la ayuda de un cabestrante.

Por suerte, los resultados no se hicieron esperar. Bronces, lápidas, estatuas de diferentes tamaños... comenzaron a abandonar su apacible refugio en un flujo interminable y multiplicaron el interés del monarca, que decidió aumentar el número de operarios. Alcubierre, a su vez, fue obligado a llevar un diario donde rendir puntual cuenta de los avances y de todos y cada uno de los hallazgos, que debían ser descritos de forma meticulosa y dibujados. A éste se añadían informes periódicos y alguno más, suplementario, en caso de dar con elementos de una calidad extraordinaria.

No tardó en ser localizado un muro, que se pensó era de un templo campestre. Sin embargo, poco después, la inscripción de una lápida reveló que pertenecía a un teatro, el teatro de la ciudad de Herculano, una de las mencionadas en las cartas de Plinio el Joven.

El entusiasmo se desató. Cada nueva galería ofrecía descubrimientos más asombrosos que la anterior. Con el fin de aligerar las tareas, un grupo de presos se sumó a los trabajos. Apareció la basílica, lugar destinado a la administración de justicia y las transacciones financieras. Y aparecieron, una tras otra, viviendas engalanadas con increíbles mosaicos y pinturas murales. Una de ellas, la villa de los Papiros, custodiaba 1.785 manuscritos con textos latinos y griegos, la mayoría hasta entonces desconocidos.

El prestigio de Alcubierre como director de la excavación aumentaba pero su salud se fue minando, maltratada por la aspereza de su cometido. Perdió todos sus dientes y su vista se vio gravemente afectada. Agotado y enfermo, tuvo que abandonar temporalmente su quehacer entre 1741 y 1745. En su ausencia disminuyeron los hallazgos, por lo que en cuanto recobró la energía, ya con el grado de teniente coronel, volvió a su puesto y con él retornaron los resultados espectaculares.

En 1748 fue informado de que a unos kilómetros de donde excavaban también era frecuente que emergieran durante tareas agrícolas abundantes objetos antiguos y que los lugareños aprovechaban las piedras talladas que encontraban para levantar sus propias edificaciones. Decidió entonces solicitar permiso al ministro de Estado para iniciar nuevas búsquedas en esa zona y, en cuanto tuvo el beneplácito real, puso en marcha la empresa.

Su intuición y dedicación pronto dieron fruto y un nuevo rosario de objetos fascinantes se encaminó hacia el Museo Real de Portici, donde todo, sin excepción alguna, debía ser catalogado y estudiado. Alcubierre creía haber dado esta vez con la ciudad de Estabia. Pero estaba equivocado. En 1763 sería desenterrada una inscripción que daba nombre a la localidad. Se trataba, nada más y nada menos, que de Pompeya, la mayor de cuantas había devorado la furia del Vesubio.

El celo de Alcubierre por su tarea y su eterna curiosidad le impulsaron a implicarse en la resurrección de nuevos enclaves. Se sabe que excavó la villa del político, historiador y literato Gayo Asinio Polion en Sorrento y también que trabajó en algún momento de su carrera en EstabiaPozzuoli, Capri y Cumas. Pero sus innumerables éxitos se vieron salpicados por malentendidos, envidias y rivalidades de algunos de los funcionarios que tenía bajo su severo mando.

Esos reproches se sumaron a diversas críticas académicas. Atraídos por la desbocada fama del lugar, numerosos eruditos visitaron las excavaciones pero poco pudieron ver, pues el acceso estaba muy restringido. Uno de los más acreditados, Johann Joachim Winckelmann, considerado en la actualidad el padre de las modernas Arqueología e Historia del Arte, muy enfadado, censuró abiertamente y con extrema dureza el secretismo y los “primitivos” métodos del aragonés. Lo que no impidió que éste siguiera al frente de los trabajos hasta su muerte, en 1780, una ocupación absorbente que compaginó, no obstante, con sus obligaciones militares. En 1772 había sido ascendido a brigadier e ingeniero jefe de los ejércitos del rey, así como gobernador del castillo del Carmen, adosado a la muralla aragonesa de Nápoles. Y cinco años después fue nombrado mariscal de campo.

A pesar de vivir cautivo por su labor día y noche durante décadas, de revelar al mundo tesoros de incalculable valor y de ser el principal responsable de que hoy podamos viajar en el tiempo hasta los años de esplendor del Imperio Romano, este primitivo “Indiana Jones” aragonés, que acabaría abandonado en la cuneta de la historia, nunca se aprovechó de su posición para lucrarse. Tras su fallecimiento, su viuda se vio obligada a solicitar ayuda económica a las autoridades y, en atención a los servicios prestados, recibió una pensión vitalicia de 150 ducados anuales, renta que sólo alcanzó a la familia para seguir residiendo, en honrada pobreza, en una humilde vivienda de Nápoles.


Para saber más:
-FERNÁNDEZ MURGA, Félix: Carlos III y el descubrimiento de Herculano, Pompeya y Estabia, Salamanca, Universidad, 1989.
-Blog de viajes Pasaporteblog.com: http://www.pasaporteblog.com/pompeya/

miércoles, 2 de octubre de 2013

Pedro Cubero, el primero en dar la vuelta al mundo al encuentro del sol naciente

Todos estudiamos en el colegio que los primeros exploradores en dar la vuelta al mundo partieron de Sanlúcar de Barrameda en 1519, capitaneados por Magallanes, y culminaron su hazaña tres años después a las órdenes de Juan Sebastián Elcano. La mayoría de los expedicionarios, entre ellos el propio Magallanes, se dejaron la vida en el empeño. De los 234 que embarcaron, únicamente 18 arribaron a las playas gaditanas en un primer momento y unos cuantos más lo hicieron, esqueléticos y a duras penas, meses después. Su principal logro fue, sin duda, el de abrir las mentes de su contemporáneos, menguar su miedo a lo desconocido y demostrar que la Tierra era esférica y sus dimensiones mensurables.

El afán por ceñir el globo terráqueo impulsó en las décadas siguientes a otros pioneros de indudable mérito, como los españoles García Jofré de Loaísa o Martín Ignacio de Loyola, el holandés Jacob Le Maire o los ingleses Francis Drake y Thomas Cavendish. Las travesías de todos ellos compartieron con la inaugural varias características. Fueron circunnavegaciones, es decir, travesías en barco que sólo tocaban tierra para avituallarse, comerciar o buscar refugio. Y todos avanzaron en dirección Oeste, hacia el Ocaso, en oposición al movimiento de rotación terrestre.

El primer ser humano del que se tiene noticia en circundar el planeta en sentido inverso al habitual, de Oeste a Este, siempre al encuentro del sol, fue aragonés y se llamó Pedro Cubero Sebastián. Su prodigioso periplo, cuya crónica plasmó en un extraordinario libro al igual que Marco Polo, tiene algunas particularidades que lo hacen todavía más excepcional. Viajó solo o con ocasionales compañeros, recorrió territorios hasta entonces herméticos, como Rusia o Persia, y como su fin último era el de difundir el catolicismo, siempre que le fue posible hizo el trayecto por tierra (a pie, en carro, a lomos de caballerías, en camello, en trineo, etc.) o surcó en barcazas los cursos fluviales. La empresa le ocupó nueve años de su vida, entre 1670 y 1679, bastante más tiempo que a Phileas Fogg quien, apurado por una apuesta, completaría en sólo 80 días un itinerario análogo.

Pedro Cubero había nacido en El Frasno, en la comarca de Calatayud, en 1645. Estudió Gramática y Filosofía en Zaragoza y cursó Teología y Jurisprudencia en Salamanca. Una vez concluida su formación, fue ordenado sacerdote y nombrado canónigo doctoral en Tarazona. Sin embargo, su afán de aventuras y su celo misionero pronto le movieron a abandonar ese cómodo “encierro” y dedicar su vida a la evangelización. Con dicho propósito, decidió marchar a Roma y obtener el título de predicador apostólico que concedía la Congregación para la Propaganda de la Fe, fundada en 1622 por el papa Gregorio XV para difundir el catolicismo y regular los asuntos eclesiásticos en regiones de herejes o idólatras.

Tras visitar al Santo Cristo de Calatorao, comenzó su aventura en Zaragoza, “cabeza de siete reinos por serlo del de Aragón”. La primera ciudad, “una de las más hermosas de Europa”, de las muchas que describirá con todo detalle.

En lugar de seguir la ruta más corta hacia Roma, su inagotable curiosidad le condujo primero a París, donde se entrevistó con Luis XIV, a Lion, la ciudad de los libreros, y a Ginebra, refugio de malvados calvinistas. A continuación, atravesó los Alpes y el Norte de Italia (se maravilló en Florencia y Siena) y por fin llegó a la Ciudad Eterna. Allí obtuvo de Clemente X la autorización para predicar en Asia y las Indias Orientales, y en seguida se puso en camino, pertrechado con su báculo y su breviario.

No se dirigió directamente a su destino, pues visitó antes Venecia, Austria y Hungría. Descendió luego por el Danubio y se adentró en el Imperio Otomano hasta Estambul. Sus prejuicios antes de entrar en la ciudad (“los turcos no son inclinados a las artes liberales ni a la arquitectura”) quedaron borrados de golpe al contemplar atónito la suntuosidad de sus palacios y mezquitas.

Se desvió luego hacia el Norte. Abandonó los dominios del turco y cruzó Transilvania, Silesia y Polonia, donde asistió a la entronización de Juan III Sobieski (quien unos años más tarde salvaría el imperio de los Habsburgo con una temeraria carga de caballería al frente de los legendarios húsares alados que desbarató el ejército otomano cuando sitiaba Viena). Este monarca  le facilitó su viaje a través del gran ducado de Lituania, que en aquel tiempo se extendía hasta Ucrania. Además, le dio cartas de presentación para el zar de Rusia y el sha de Persia.

En pleno invierno y en trineo, pues en otoño el barro impedía circular por los escasos caminos existentes, hizo su entrada en Moscú. Alejo I, que regía un reino pobre, aislado y atrasado (sería su hijo Pedro I el Grande quien lo abriría al mundo y modernizaría), le permitió ejercer su ministerio en un barrio menor, a las afueras de la ciudad, durante una temporada. Al terminar su labor, bajó por el Volga, el río más caudaloso y grande de Europa, hasta el mar Caspio. Pero antes pasó por Astracán, ciudad célebre por sus pieles de cordero, donde probó el caviar y erigió un oratorio dedicado a la Virgen del Pilar en un suburbio habitado por mercaderes extranjeros.

Superada la singladura por el Caspio, entró en Persia, donde reinaba un soberano de la dinastía safávida, Suleimán I. Su capacidad de asombro se puso de nuevo a prueba en Qazvín, Isfahán y ante las ruinas de Persépolis. Logró alcanzar las costas del golfo Pérsico y allí se embarcó hacia la India: “Di infinitas gracias a Dios, porque hacía cerca de dos años que caminaba por tierra [...] con que ya deseaba entrar en el mar”.

Por fin en Asia, predicó en varias factorías de la costa hindú regentadas por portugueses, ingleses u holandeses, muchas veces a escondidas. En Goa veneró el cuerpo de San Francisco Javier y fue obsequiado con una reliquia ex visceribus eius (tantas reliquias del santo se repartieron que finalmente su cadáver desapareció, esparcido en trocitos). Recorrió Ceilán, un paraíso en la Tierra, las islas Maldivas y la costa del golfo de Bengala.

Malasia e Indonesia fueron las últimas etapas de su odisea antes de entrar en territorio español, las islas Filipinas. Como había hecho desde Rusia, intentó dar el salto a China, pero parece ser que no le fue permitido. Ya de vuelta, abordó el mítico galeón de Manila, que comunicaba el archipiélago asiático con Acapulco. De los más de cuatrocientos viajeros que lo acompañaban, sólo 192 llegaron a tierras mejicanas. La mayoría murió de escorbuto.

Franqueó Méjico a pie, de costa a costa, sin olvidar nunca su misión apostólica, y en Veracruz se hizo a la mar rumbo a España. Tras hacer escala en La Habana, pisó de nuevo suelo peninsular y aún llegó a tiempo para ver la entrada en Madrid de María Luisa de Borbón, en enero de 1680, que relató minuciosamente.

Su libro, Peregrinación del mundo, conoció tres ediciones en vida del autor, hechas en Madrid (1680), Nápoles (1682) y Zaragoza (1688). En él dejó testimonio de todo lo vivido, así como de lugares absolutamente desconocidos en Europa: “no hay más vestigios que lo que yo escribo, como testigo de vista, pues todo lo vi por mis ojos y lo toqué y si hubiera otra cosa también la escribiera porque me precio mucho de escribir la verdad”, e intentó, en la medida de lo posible, ser preciso: “si acaso hubiere algún yerro, no fue culpa mía sino del intérprete”, llega a decir.

Por sus páginas desfilan lugares fascinantes, colmados de peligros (espesos bosques, estepas heladas, desiertos, inhóspitas selvas, altas cumbres, barrancos, ríos y mares), que sirven de escenario a fabulosos episodios. Nuestro protagonista a punto estuvo de morir en Silesia a causa de unas fiebres, conoció terribles tempestades en el mar Caspio y las costas filipinas, se vio involucrado en combates navales en el golfo Pérsico, atacado por piratas en el Índico y por nativos en Malasia. Fue encarcelado por el gobernador holandés de Malaca y vendido como esclavo por bandidos en las islas Maldivas (su dueña, descendiente de un portugués, lo liberó por ser de Aragón, dada su veneración por Santa Isabel de Portugal). Aun en territorio “amigo”, vivió peripecias sin cuento, ya que sobrevivió a un devastador terremoto en Manila y poco después vio cómo un cocodrilo atrapaba a un niño asomado en una canoa para devorarlo.

Siempre estuvo abierto a asumir con cierta naturalidad cosas ajenas a su cultura. En Polonia vio a la “gran bestia”, probablemente uno de los últimos ejemplares vivos de uro. En Persia, por ejemplo, comió langostas y saltamontes fritos, y no le disgustaron. Pero en la India, donde le pasmó la inteligencia de los elefantes, contempló con estupor a los brahmanes, “unos con el brazo levantado continuamente, que ya casi lo tienen seco; otros con las uñas tan grandes que algunas de ellas son de más de medio palmo; otros cargados de cilicios su cuerpo; otros continuamente echados en el suelo, sin levantarse toda su vida...”, y cómo las viudas se inmolaban voluntariamente en la hoguera en la que se incineraba el cadáver del marido.

Por lo general, mantuvo la ecuanimidad: “Eso lo digo para que no tengamos en Europa por bárbaros a los asiáticos, pues puedo asegurar que dejando aparte el engaño en que viven, tocante a la religión, en lo demás son muy sagaces”. Su espíritu crítico, como no podía ser de otra manera, sólo se exacerbaba en temas religiosos. Sentía una profunda aversión por las doctrinas islámicas y el credo protestante, pero no así por los ortodoxos, casi hermanos: “ellos nos tienen a nosotros por lo que ellos son. Esto es, por cismáticos”.

Su apostolado no consistió tanto en ganar nuevos adeptos para el catolicismo como en dar asistencia con misas, bautizos y confesiones a creyentes de lugares remotos (algunas de las confesiones las hizo ¡con intérprete! y varios de los fieles atendidos llevaban más de tres décadas sin ver a un sacerdote).

Poco después de su regreso, viajó a Roma para informar al papa Inocencio XI de su misión. Y hay noticia de que no tardó en volver a los caminos, en tareas pastorales o diplomáticas. Ejerció como confesor apostólico en los ejércitos imperiales que luchaban contra los turcos en Hungría, visitó el Norte de África y, en 1681, asistió a la ceremonia de colocación de la primera piedra de las obras del Pilar. Posteriormente se le puede seguir la pista de nuevo en Estambul, Nápoles, Flandes, Inglaterra, Cataluña, Madrid, Valencia, Ceuta y Cádiz.

De algunas de sus aventuras dejó constancia en una segunda publicación, que dedicó a Pedro Calderón de la Barca: Segunda Peregrinación, donde se refieren los sucesos más memorables, así de las guerras de Hungría en el asedio de Buda, batalla de Arsan y otras, como de los últimos tumultos de Inglaterra, deposición del rey Jacobo e introducción del príncipe Guillelmo de Nassao, hasta llegar a la ciudad de Valencia (Valencia, 1697). Ese mismo año y también en la ciudad del Turia salió a la venta con su firma: Descripcion general del mundo y notables sucessos que han sucedido en el: con la armonía de sus tiempos, ritos, ceremonias, costumbres y trages de sus naciones y varones ilustres que en el ha avido.

La Biblioteca Nacional, además, guarda en sus archivos otra obra suya que carece de fecha y lugar de impresión: Porfiado sitio de Mequines adusto sobre la plaza de Ceuta: valor incontrastable con que se han portado las armas catolicas: notables acontecimientos que ha avido en el y un libro resumen aparecido en Cádiz en 1700: Epitome de los arduos viages que ha hecho el doctor don... en las quatro partes del mundo: Asia, Africa, America y Europa, con las cosas mas memorables que ha podido adquirir; así como un manuscrito que no llegó a la imprenta: Vida, crueldades y tiranías de Muley Ismael, emperador de Marruecos y rey de Mequínez, dedicado a Alonso Pachecho, caballero toledano de la orden de Alcántara y mayordomo de la reina viuda Mariana de Austria.

Este singular trotamundos aragonés es probable que falleciera en fechas cercanas a la edición de su segundo libro y, a pesar de sus hazañas, pronto pasó a sumergirse en las aguas del olvido en compañía de otros insignes viajeros y exploradores de la época, como Juan Pobre de Zamora o Pedro Ordóñez de Cevallos.

Para saber más
-Cubero Sebastián, Pedro: Peregrinación del mundo, Madrid, Miraguano Editores-Ediciones Polifemo, 1993.
-Serrano, José María: El insólito viaje de Pedro Cubero alrededor del mundo, Zaragoza, Mira, 1996.
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